Todo comenzó cuando Mary y yo nos mudamos a la casa de nuestros sueños. HabÃan sido muchos los años que habÃamos estado viviendo en aquel cuartucho subarrendado mientras yo terminaba la carrera, Mary nos mantenÃa a ambos cuidando niños y limpiando casas.
Entonces empezó una racha de buena suerte cuando al acabar los estudios encontré un trabajo bien remunerado casi sin buscarlo. Juntamos el dinero necesario para dar la entrada de aquella casa en mitad de la calle Richard, una construcción tÃpica con su pequeña parcela alrededor donde Mary plantarÃa sus tulipanes y otras plantas.
Apenas llevábamos un mes en nuestra nueva casa, cuando Mary comenzó a sentir unas terribles migrañas. Pedimos cita a un especialista y nos la dieron para quince dÃas después. Los dolores eran simplemente insoportables: lloraba, gritaba y los calmantes no le ayudaban en absoluto.
La noche previa a la visita al doctor, Mary se hallaba dolorida y nerviosa, no podÃa conciliar el sueño. Se levantó a prepararse una infusión y cuando estuvo lista fue de nuevo al dormitorio para tomársela tranquilamente mientras observaba a través de los cristales del gran ventanal el devenir de vecinos y coches. De repente, un gfrito ahogado y un golpe me despertaron. Me levanté adormecido y vi a Mary temblando en medio del charco producio por la taza de infusión al estrellarse contra el suelo y romperse en mil pedazos.
-¿ Qué sucede?-lepregunté. Ella me miró con los ojos desorbitados mientras señalaba al exterior.
-¿Has visto eso?- preguntó.
- ¿Qué?- Le dije yo mientras trataba de escudriñar algo en la oscuridad levemente sofocada por las farolas, a lo que Mary se referÃa.
Entrecortada y totalmente nerviosa me explicó que ante sus ojos habÃa desfilado toda una legión romana con águila incluida. No pude por más, que sonreirme y pensar que mi Mary se habÃa vuelto sonámbula. La abracé, la besé y le preparé una valeriana que la ayudarÃa a convocar al sueño recordándole que al dÃa siguiente tenÃamos que ir al médico y que debÃa estar descansada.
(Continuará)